La danza del fin del mundo en la novela ‘Chamanes eléctricos en la fiesta del sol’, por Eva Martínez Cejudo y Gabriel Ortiz Armas

La danza del fin del mundo en la novela ‘Chamanes eléctricos en la fiesta del sol’, por Eva Martínez Cejudo y Gabriel Ortiz Armas

mayo 15, 2024
7 min read
novela Chamanes eléctricos en la fiesta del sol

Un pogo salvaje sacude la escritura de la ecuatoriana Mónica Ojeda en su novela Chamanes eléctricos en la fiesta del sol. En esta reseña, Eva Martínez Cejudo y Gabriel Ortiz Armas se unen a los cantos y el zapateo que hacen vibrar la atmósfera de esta distopía andina, donde la violencia y la búsqueda de lo sagrado convergen entre los tremores de la tierra. Lee también un fragmento de la novela y nuestra entrevista a la autora.

Fotografía por David Pinto.

«era el baile el que permitía darse a entender».
Mónica Lavin, El método de una pasión

«Hablaban mis pies, mis manos, hablaban mis
cabellos, mi ropa y una navaja que colgaba de mi cinturón, también ella hablaba».
Nikos Kazantzakis, Zorba

Termina abril, el equinoccio de primavera ha pasado, resta mucho para el Inti Raymi. Reposan en algún rincón las guitarras, las quenas, las zampoñas, los charangos, los tambores, los zamarros, los aciales. La música aún está a la espera de retumbar en junio; el andar todavía se resiste a convertirse en zapateo incesante, en potencial terremoto, en pisoteo de la desgracia y triunfo del Tayta Inti. Mónica Ojeda pone a nuestro alcance la Fiesta del Sol mucho antes. En su libro trae a la vida la reminiscencia de una celebración milenaria, su influencia en las generaciones contemporáneas, y, al mismo tiempo, pone en evidencia el punto de inflexión de su país. 

Ojeda inició su carrera como escritora con novelas como La desfiguración silva (2014), Nefando (2016) y Mandíbula (2018), a las que siguieron sus poemarios El ciclo de las piedras (2015), La historia de la leche (2019) y sus relatos Caninos (2017) y Las Voladoras (2020). Ahora se consolida como una de las voces predominantes de la escritura ecuatoriana con Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, donde ahonda en cuestiones tan reales como el abandono, la familia, la identidad andina y la violencia.

Este libro nos llega no solo a través del sentido de la vista: si agudizamos el oído, podría decirse que escuchamos un sonoro y crudo canto que apela a la insurgencia. Y después de atender al canto, deviene el baile. Su libro es la danza de unas voces perdidas en lo recóndito del páramo andino, reunidas por el festival de música Ruido Solar, celebrado a los pies del Tayta Chimborazo. Estas voces son Nicole, que intenta cuidar y domar a lo salvaje; Mario, que baila, brinca y se retuerce por y para el error; Pamela, que es «pura vidita» en sus entrañas; Pedro, perdido en el universo hecho meteorito y en su amor por Carla; Ernesto, que a veces preferiría no tener voz; las cantoras, una polifonía que nos habla de lo místico y actúa como oráculo; y Noa, quien es punto de convergencia para todas esas voces, el mismo epicentro del temblor y la liberación.

Es el año 5540 del calendario andino, Nicole y Noa salen de Guayaquil hacia la capital «cantando como ranas cansadas de su charca, ansiosas por dejar el río y abrazar los valles, cambiar los manglares por los frailejones, las iguanas por los curiquingues». Su destino: un festival de música. Salen como cualquier joven que viene de una pequeña ciudad para adentrarse en un festejo, para acercarse a la música y al baile, desinhibirse, soltarlo todo y sobrepasar la frontera del agotamiento con la danza y el sonido. Pero Noa y Nicole también son la muestra de algo más, un algo más complejo, un pasado marcado por el abandono, una búsqueda de aquello perdido en la infancia y un presente del que todes quieren huir.

Cuando se lee Chamanes eléctricos… es inevitable pensar en el dibujo del paisaje ecuatoriano, en la descripción casi científica del manglar y su verdor, en el contorno de las montañas que marcan la separación de la Costa y de la Sierra. Es algo así como una nueva expedición científica comandada por la voz femenina, donde la tierra se comunica a través de la experiencia mística y empírica de las mujeres, donde la verdad pasa de ser un territorio masculino a manifestarse en todos sus matices y perspectivas, en el estado natural puro al que Ojeda se adentra. 

A este viaje se añade la experiencia del cuerpo, el descubrimiento de la danza y la música a tres mil metros sobre el nivel del mar. Se añade el augurio certero de Ojeda con relación al país: las protagonistas salen del Manso hacia un festival huyendo de la violencia que azota el territorio. Es una búsqueda por un espacio ajeno a la muerte, las balaceras, los sicariatos, los cadáveres que flotan sobre los ríos. Una búsqueda por al menos estar a salvo, porque eso «es distinto a estar vivo». 

Viajan a un festival de música en medio de la montaña, en los centros energéticos de la Pachamama, allí donde las estrellas escogen chocar y los cuvivíes se arrojan ante la potencia de la naturaleza. Es aquí donde se desarrolla una suerte de tratado contra la música armoniosa y a favor de la disonancia; un manifiesto del ruido insurgente que no precisa de hegemonía para hacer vibrar, para despertar el alzamiento de los cuerpos negros, indios, cholos, montuvios, y propiciar su reunión con sus antepasados y la tierra sobre la que brincan. La música que Chamanes eléctricos… reproduce nos invita de súbito a adentrarnos en un pogo tenaz, donde «el cuerpo se entrega vivito a la colisión». Los lagrimales de nuestros propios ojos se agitan como lo hacen «los lagrimales de la tierra». La mente se rinde ante el poder de chamanes, cantoras, poetas, tormentas eléctricas, yeguadas, terremotos. El pecho se vuelve volcán que tiembla de rabia ante el declive, ante la impotencia por un mundo que se autodestruye.

Pero para Noa, el festival se vuelve un ritual de entrada a una vida en conexión con la naturaleza, una entrega al llamado de la música como vía para lidiar con el desamparo. Su caminar se convierte en una suerte de ‘peregrinación’ hacia el hogar de Ernesto, un padre que, sin embargo, poco tiene de divino y mucho de terrenal. Ambos buscan un punto de unión, una transformación que no acaba de llegar, un querer fingir ser alguien distinto. Pero no son otra cosa que lo que nacieron para ser: ella, una mujer que solo se rinde ante la música y la poesía; él, un hombre que no busca redimirse, que se desenvuelve mejor entre el silencio inmóvil de sus naturalizaciones y la tinta oculta en sus cuadernos, y que le teme al canto poderoso y arrollador de las mujeres que lo vieron nacer y marchar.

A través de su potente voz, Noa recupera la sabiduría ancestral que su abuela dejó como legado en los cantos recogidos en sus cuadernos y en las bestias naturalizadas de su habitación. Deviene este en un espacio de culto, donde la nieta encuentra el cuidado que su padre le negó al tiempo que se transforma en una salvaje fuerza chamánica. 

El Ruido se muestra como el lugar idóneo para escapar de todos los males que suceden en la tierra, el espacio para negar las balas y poner el cuerpo sin temor a caer muerto. Lo que Ojeda hace es una puesta en abismo donde, a través de la música y la danza, conduce al lector a huir de la violencia radical, de la brutalidad que se vive en las calles y para llegar a un aparente lugar seguro. Un espacio que existe solo en la mente de quienes son lo suficientemente optimistas como para imaginarlo. 

«El baile hace del cuerpo una casa» como Mónica hace de la literatura un refugio para los que viven huyendo. Y en este refugio nos reunimos todes, para oír la música que —como diabluma de dos caras— para unos lleva el rostro de la profanación de un silencio sagrado, una perturbación de los sonidos del bosque, y para la mayoría lleva el del éxtasis y la liberación. Pero la experiencia de la paz parece imposibilitada, como si se desvaneciera entre la niebla espesa del páramo, entre el ruido y el canto que interrumpen el silencio de la montaña.

¿Es cierto que nada malo puede pasar en medio de la danza? ¿Es cierto que el relámpago solo asusta en las ciudades y que en el páramo se vuelve premonición? El libro de Mónica es también un relámpago que asusta, «rayo durmiente» oculto —ya no en el interior del tronco, sino tras la celulosa— que lo incinera todo: tanto a sí mismo, como a quien lo lee, como a cualquier idea preconcebida que uno tuviera antes de abrirlo. Ojeda echa a correr a las faldas del Tayta y este expulsa un río de lava con los colores de la rabia, del placer, de la entrega, de la danza y de la búsqueda de sentido. Quien, tras leerlo, aún no se lo encuentre, que siga bailando nomás.

Eva Martínez Cejudo (Santa Cruz de Tenerife, España, 1995)
Es traductora y editora, graduada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada y con un Máster en Traducción Audiovisual por la Universidad de Cádiz. Después de ejercer varios años como traductora y profesora entre China y España, hizo el Máster en Edición de la Universidad de Pompeu Fabra (Barcelona) y actualmente trabaja en el departamento de Infantil y Juvenil de Duomo ediciones.


Gabriel Ortiz Armas (Ibarra, Ecuador, 1999)
Es editor y corrector de textos. Lector y artesano antes que artista. Participante de múltiples proyectos editoriales en Ecuador, México y España. Colaborador de Severo Editorial y corresponsal internacional de MURA. Latino y sudaka que reivindica las dinámicas socioculturales y emocionales de los migrantes, la mirada creativa que viene del sur global y la producción artística, crítica e interdisciplinaria de la periferia.

Cuéntanos en los comentarios qué te pareció esta reseña de la novela Chamanes eléctricos en la fiesta del sol de Mónica Ojeda. Lee también un fragmento de la novela y nuestra entrevista a la autora.

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