‘Hermosas mentiras’, de Francisco Santana

julio 18, 2023
8 min read
Francisco Santana cuento MURA

En este cuento de Francisco Santana situado en un restaurante de Guayaquil, el narrador analiza diversos temas como el amor, las relaciones humanas y las sociedades moralistas.

Fotografía por Jean-Pierre Olivares.

Yo pensaba en todas esas hermosas y necesarias mentiras que nos habíamos dicho. De alguna manera, por absurdo que parezca, cada una de esas torpes y pequeñas mentiras que dijimos están guardadas en mi mente y en mi corazón. Pensaba en ello sin reproches, porque tengo que admitir que la vida junto a ella me reveló que mentir es una opción válida cuando se tiene miedo y también cuando se ama de manera desproporcionada. Ahora entiendo que todos los seres humanos sentimos miedo aunque sea por una vez en la vida, y que tampoco existe otra manera de amar. Cuando alguien ama verdaderamente con profundidad, todo se puede transformar en una desproporción y mentir sirve para protegerse de la incoherencia. Aunque parezca una contradicción, porque el acto de amar involucra a más de uno, en el amor estamos solos, una y otra vez siempre solos, naturalmente, como dice esa canción: Alone again. Las palabras pueden ser diferentes y tener la manera que prefieran: suaves, duras, potentes o exageradas; sin embargo, en la boca del amante, cualquier palabra es una desproporción. Pero en ese tiempo junto a ella, yo era una persona sin esa clase de comprensión.

¿Por qué razón cierta gente se contiene al momento de amar? ¿Es que acaso piensan que el amor es algo que crece por doquier, como si fuera hierba mala? ¿Tiene esta gente algún tipo de conocimiento que supera a los demás? Lo dudo. Para mí, se hace imprescindible reconocer que la derrota, perder en el amor, no es necesariamente una humillación. Quizás ese pensamiento que nos obligan a tragar, desarrollado a partir de las fabulosas historias de los vencedores, de aquellos seres casi dioses que triunfan por encima de cualquier adversidad —y donde algunos se presentan de manera inmaculada— de que lo único que realmente importa en la vida es vencer, obtener la victoria como sea, al costo que fuere, nos impide considerar que también hay cierto e importante orgullo en aquellos que pierden, en los vencidos. ¿Pero quién habla por los derrotados? ¿Quién canta sus miserias y sus penas? Los vencidos, por lo general, se esconden, tienen miedo y vergüenza, desaparecen. Después de todo, ellos son los apestados que no pudieron traer la gloria del triunfo al pueblo, al reino, al país; ni siquiera una pequeña porción de nada que sirva de consuelo a su propia familia. Si tú no hablas por los muertos y humillados, ¿quién lo hará? ¿Quién ama en verdad y con noble belleza a los derrotados, a los vencidos, a los perdedores? No es temerario afirmar que este mundo no está hecho para ellos: los miserables fracasados. Son la peste.

Fue ella quien me sedujo con sus enseñanzas y me mostró, a veces con dureza, que el mundo nunca fue un lugar maravilloso. Y que nosotros no tenemos nada que hacer en ese mundo. Pero tampoco estamos aquí para santificar el fracaso. Si la vida no tiene sentido, como muchos consideran, resulta inútil oponerse a esta revelación.

Ahora, mientras la tarde se alarga invadida por una brisa fresca, miro a la gente que pasa junto al restaurante. No hay ningún misterio. Personas que pasean en una tarde de sábado en Guayaquil. Tomo nota mentalmente y bebo cerveza con un gesto mecánico, igual la disfruto. No hay ningún misterio. He bebido muchas cervezas a lo largo de mi vida. Pero ahora estoy solo, tengo tiempo para pensar y observar a la gente. Es mi momento para la calma, para fijarme en los detalles; antes fui un hombre devorado por la prisa innecesaria.

El restaurante está en la esquina de la calle Chile, sobre la Plaza Rocafuerte. Es una construcción sin gracia, bastante ordinaria. Me da la impresión que fue hecha a la ligera, con apuro y pereza, en sus horribles pilares de metal rojizo y con esos ladrillos grises, solo consigue transmitir tristeza. Hay cuatro o cinco locales que comparten el mismo edificio y compiten por atraer a los clientes. Algunos meseros se comportan de manera grosera con quienes pasean por ahí y no prestan atención a sus ofertas. La mayoría de los meseros son realmente impertinentes y desconsiderados, persiguen a las personas con las cartas de los locales en sus manos y gritan el menú del día como si estuvieran ofreciendo mágicamente el número ganador de la lotería. Muchos de los que caminan ignoran sus reclamos, los meseros los siguen algunos metros y, cuando no consiguen un cliente, regresan masticando algún insulto para ellos, entre dientes, pero que se puede leer en sus labios si cualquiera se fija con atención.

Estoy en el exterior del restaurante porque no soporto el aire acondicionado, que funciona al máximo de su potencia, en el interior del local. El tipo que me atiende dice que adentro estaría más fresco y cómodo, le sorprende que yo prefiera estar afuera, se mantiene bastante cerca de mi mesa y siento que me vigila nervioso. A lo mejor piensa que me voy a escapar sin pagar. Entonces le hago un gesto con la mano y le entrego un billete de 20 dólares. Le pido otra cerveza y una porción de papas fritas. Veo que sonríe con un rastro de alivio.

Pasan algunos minutos, llegan dos mujeres y se instalan en una mesa cercana. Son jóvenes potentes y lindas, entre 20 y 25 años, visten faldas y camisetas negras, llevan mochilas de estudiantes. La más pequeña arrastra una silla y se sientan una junta a la otra, de frente a mí. Se toman de las manos y me miran sin disimular, como si me conocieran de otro lugar. Les devuelvo la mirada, saludo con una inclinación de cabeza y bebo mi cerveza. Ellas sonríen. Los hombres que pasan también las miran, creo que se fijan en sus piernas, ya que las cortas faldas que visten no cubren demasiado.

El mesero vuelve con mi cerveza y el cambio del billete. Dice que tardó porque tuvo que ir a conseguir monedas para darme el vuelto, que las papas ya salen. Le digo que todavía no necesito el cambio, que no tengo prisa. Se disculpa y camina hacia la mesa de las chicas. Escucho que piden dos cervezas y un plato de patacones con queso. El tipo se va y luego ellas se besan sin calcular nada. Sonrío. Observo la pared de la iglesia San Francisco, aunque no estamos frente a la puerta principal, pienso en que es inevitable que la gente de esta ciudad se incomode por este beso. Es inmediato, ahora las personas que pasan miran con atención a las mujeres besándose, reaccionan con sorpresa y molestia, algunas murmuran, una mujer mayor hace la señal de la cruz y dice una especie de oración que los ruidos de la ciudad impiden comprender. Quisiera pensar que no hay ningún misterio, ningún secreto. De hecho, intento convencerme de que no hay ningún misterio en un beso de dos mujeres cualesquiera, debería ser un acto común y ordinario. Pero esto es Guayaquil y tanto ustedes como yo sabemos que no es así; debería ser, pero no. Entonces me entra la inquietud como si fuera la peste de una alcantarilla. Incluso la cerveza me sabe a podrido. Me concentro en olvidar. Debo olvidar a la gente que pasa y que con solo una mirada hace sentir su odio. Observo a las chicas y pienso, y pienso, y pienso, y vuelvo a sonreír solo para mí y pienso y un poco también me excito, no lo voy a negar. Parece que en eso consiste el juego de pensar demasiado: excitarse.

Entonces me relajo y pienso en las papas fritas que pronto llegarán a mi mesa. Comeré para no pensar, como cualquier animal. Se me ocurre que es la mejor manera de calmar mi cerebro. Papas fritas y cervezas, una buena combinación para desinflar el cerebro. Para evitar que los pensamientos me devoren. Cierro los ojos y pienso que cuando llegue a casa podré imaginar y soñar que hago realidad cualquier imposible que yo desee. De alguna forma me engaño y me obligo a pensar que el mundo funciona como yo me lo imagino.

¿Cómo se consigue? ¿Cómo puede alguien hacer a un lado los sentimientos y volar por encima de ellos como si fuera un fantasma inmortal? He conocido personas que pueden hablar sin involucrar sus sentimientos, son como robots. También me he encontrado con mujeres que pueden acostarse con su amante sin pasar por la pena de sus emociones y sentimientos. Van al bar, van a un hotel, tienen sexo salvaje, fuman un cigarrillo, se duchan, se visten, luego toman un taxi y vuelven al hogar donde esperan sus hijos y esposos. Sirven la cena y sonríen mientras comparten la comida. Todo sin el menor asomo de sus sentimientos. Todo, guardado en la caja fuerte de su corazón. Yo estuve enamorado de una mujer así durante algunos años. Era algo fuerte, muy potente. Siempre me sorprendía el dominio que tenía de sus emociones. No era una mujer particularmente hermosa, aunque tenía su potencia erótica, pero aquella cualidad de anular sus emociones surgía en ella como un impresionante magnetismo, y eso me atrapó. Siempre pensé que era algo fascinante, indestructible. Quizás por esa razón me enamoré como un tonto. Esa audacia y desparpajo para conducirse en la vida me desarmaron. Era un talento imposible de ignorar. Para mí, esa mujer es un océano lleno de alfileres.

Guayaquil es un océano también, donde una inmensa cantidad de personas son peces grises envenenados por el brebaje de la buena conducta, flotan en esas aguas contaminadas con la gentileza de la moral cristiana, los buenos modales y la estúpida corrección política. Estas mujeres son espontáneas e ingenuas, aunque visten de negro, son peces de colores que embellecen e iluminan con sus besos y franca pasión este triste océano llamado Guayaquil. Las chicas se mantienen en su paraíso y con amor ignoran las miradas invasoras, pasan por encima del repudio y el desprecio de estos miserables seres grises. Su actitud me revela que son personas poderosas. Llegan mis papas fritas. Las enamoradas no tienen forma de saber lo que se agita dentro de mi cabeza. Como y brindo por estas bellas mujeres, por su estilo. Disfruto el momento y vuelo lejos de aquí. Vuelo pensando en que todas esas torpes y pequeñas mentiras que nos dijimos, están guardadas en el fondo de mi mente y en mi corazón.

Francisco Santana (Guayaquil, Ecuador, 1968). Periodista y escritor. Ha colaborado para diversos diarios y revistas como El Universo, El Telégrafo, revista Mundo Diners y Soho. Entre sus obras destacadas se encuentran Historia sucia de Guayaquil, Pequeñas historias cochinas y La piel es un veneno. Este cuento de Francisco Santana es una muestra de su obra narrativa que hace parte de la literatura ecuatoriana contemporánea.

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Autor

Abril Altamirano

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